Papa ¿Tienes tiempo?
Papi ¿Cuanto ganas? Dijo el pequeño con voz timida fijando sus
expresivos ojos en su agotado padre que llegaba del trabajo.
“No me molestes, hijo
¿ No ves que vengo muy cansado?
“Pero, papi. Dime por favor ¿Cuanto ganas?” Insistió.
“Doscientos pesos al día”.
Respondió el hombre irritado con tal de quitárselo de encima.
El niño se asió de su saco y le dijo: “Papi, ¿Me prestas cien pesos?
El padre montó en colera y tratando con brusquedad al niño, le
dijo:
“Asi que para eso querías saber cuanto gano. Vete a dormir y no
me estes molestando, muchacho aprovechado”.
Ya había caido la noche cuando el padre se puso a meditar sobre lo ocurrido.
El incidente lo hizo sentirse culpable. Tal vez su hijo queria comprar algo…
Había estado muy ocupado en el trabajo últimamente y no estaba al
tanto de los acontecimientos del hogar.
Queriendo descargar su conciencia
dolida, se asomó a la habitación del pequeño.
“Hijo ¿Estás dormido?”
El niño abrió los ojos a medias. “Aqui tienes
el dinero que me pediste. ¿Para que lo querías?”
Tallandose los ojos, su
hijo metió la manita debajo de su almohada y sacó varios billetes arrugados.
Es que quería completar. ¿Me vendes un día de tu tiempo?
Anónimo
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3 commentsLa belleza de un niño especial
Hola mamá, hoy he llegado al mundo de la mano de Dios, porque soy un ángel enviado por él, para ser un niño toda mi vida.
Eres linda mamá, como te percibí antes de nacer, cuando soñabas tenerme entre tus brazos, acariciarme y tu voz suave me cantaba.
Te doy las gracias y te pido perdón.
Gracias por ser mi mamá y perdón por no ser el niño que tú esperabas. Pero yo soy así, soy un niño especial y te enseñaré a amarme, como yo ya te amo.
Seré tu niño y te cantaré, si quieres escucharme.
Seré tu niño y caminaré a tu lado, si me dejas acompañarte.
Ven mamá, toma mi mano, enséñame el camino de la vida, no tengas miedo estaré siempre a tu lado.
Ámame, yo ya te amo mamá, muéstrame el sol, el mar y la luna.
Seré para ti el sol y calentaré tus días, seré para ti la luna y entraré cada noche por tu ventana.
Quizás soñaste que tu niño algún día sería un arquitecto, un médico o un bombero, pero ya vez seré un niño siempre, estaré a tu lado buscando tu mirada, tu calor, tu amor mamá.
Tus manos suaves acariciaron mi pequeño cuerpo, tus labios besaron mi rostro de ojitos pequeños.
Ahora siento tu calor y tu amor, me miras con ternura y ya no me mojas con tu llanto.
He descubierto tu sonrisa, que linda y dulce eres mamá, no tengas miedo de amarme.
Soy tu niño especial y te amo.
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No commentsUn niño, un perro y el milagro
Por el cielo de los perros va, mi perro cojo con su muleta de plata.
Junto al cielo de los perros, un cielo lleno de acacias y de niños y de madres; y de cantos y de alas.
Pero había un niño triste; cara de ausencia y nostalgia; siempre solo, siempre serio; a punto siempre de lágrimas.
Un niño con una mano; inútil, seca, sin alma,
ay que infierno diminuto, era aquella mano lacia.
Desde su cielo, el niño, siempre asomado a la tapia, miraba a mi perro cojo y al mirarlo recordaba…
Un día en una placeta, un perro de pobre casta, una apuesta de buen tino, un silbido una pedrada…y un aullido que se aleja…y un perro, rota una pata.
¡Que frío remordimiento, sentía en su mano lacia!
Mientras tanto, en su cielo, mi perro jugueteaba, con una angelillo cojo, que era el ángel de su guarda.
Hasta que un día jugando, llegaron hasta la tapia, donde estaba el niño triste, a punto siempre de lágrimas.
Dejó de jugar mi perro, con su ángel de la guarda; se quedó quieto un momento, las orejas afiladas, luego afianzó la muleta, se apoyó sobre la tapia; Miró atento al niño, con una larga y antigua mirada, y el perro mirando al niño; recordaba, recordaba…
Un día en una placeta, hambre y sed en su garganta, un niño, la mano en alto; un silbido, una pedrada…y un golpe en su carne y sangre; sangre y dolor en su pata.
Pero los perros no saben, de rencores ni venganzas, por eso mi perro cojo, olvidando la pedrada, se echó atrás, tomó carrera, salvó de un salto la tapia.
Multiplicando mimos y abanicando palabras; con los ojos, con los dientes; con el rabo, con las patas; empezó a lamer la mano, inútil, seca y sin alma.
La lengua del perro fue, para aquella mano lacia; como un regreso de vida, como un reguero de savia, y los tendones muertos, de pronto resucitaban.
Satisfecho del milagro, rabo alegre, orejas gachas
regresó el perro a su cielo, pura cojera de gracia.
El niño le dijo adiós, y al despedirlo lloraba, abanicando en el aire, la mano resucitada. Y el perro le dijo adiós, con su muleta de plata.
- Manuel Benítez Carrasco
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